Tender love
Cuando se me estropeó la secadora, me alegré de que al menos lo hubiera hecho avanzada ya la primavera y no en pleno invierno. Mientras decidíamos si la arreglábamos o, más probablemente, comprábamos una nueva, ya que esta tenía sus buenos veinte años, prácticamente desde que nos casamos, decidí tender en la azotea. No estaba autorizado usarla para tender, pero algunos vecinos lo hacían y, como eran pocos, la comunidad hacía la vista gorda. Así que, vestida con la bata de estar en casa, cogí el ascensor con mi barreño lleno de ropa mojada y subí confiando en que la cuerda estuviera libre y nadie se me hubiese adelantado.
Al abrir la puerta de chapa que daba acceso a la azotea vi que la cuerda estaba libre, pero también que la azotea no solo se usaba para tender y que algunos muchachos del edificio subían de vez en cuando a fumarse allí a unos pitillos. Se inquietaron al ver que alguien entraba, pero al ver que no era el portero ni ninguno de los carcamales que siempre andan quejándose de todo, me saludaron y continuaron con su cigarro y su charla sentados en el suelo con las espaldas apoyadas en la pared.
Dejé el barreño en el suelo y comencé a tender la ropa. Oía sus voces a mi espalda, hasta que noté que habían bajado el tono y cuchicheaban entre risas. Seguí tendiendo y entonces caí en la cuenta de que al inclinarme para coger la ropa seguramente estaba enseñándoles el inicio del culo. Me hizo gracia que pudiera interesarles el culo de una cuarentona cuando a su edad, según las estadísticas, ya debían de haber tenido relaciones con muchas chicas de su misma edad, que desde luego tienen el culo más firme y prieto que el mío.
Pero uno de ellos, Fidel, que vive en mi planta, se acercó para ayudarme y comenzó a pasarme la ropa del barreño para que no tuviera que inclinarme. Los otros dos parecieron molestos con él y se marcharon. Me resultó entrañable que el muchacho, al que conocía casi desde que empezó a andar, hubiera tenido ese gesto caballeroso, pues evidentemente lo había hecho para protegerme de las miradas y bromas de sus amigos. Supongo que le había resultado incómodo que se rieran de verme el culo. Me estuvo pasando la ropa y aproveché para preguntarle qué tal el primer año de carrera. Me fue contando mientras seguía pasándome la ropa y me divertía verle buscar la forma a mis tangas para pasármelos de manera que yo solo tuviera que engancharles la pinza. Pensé que mientras lo hacía imaginaría cómo me quedarían puestos y también que ya había tocado más bragas mías en ese rato que mi marido en un mes.
Terminamos, recogí el barreño y bajamos juntos en el ascensor. Pensé preguntarle si le había gustado mi culo. Lo imaginé poniéndose colorado y balbuciendo cualquier cosa, pero en vez de eso le pregunté por qué subían a fumar a la azotea, si ya eran mayores y no tenían por qué esconderse.
—Mi madre no quiere que fume en casa, por el olor. Y yo ahora preparando los exámenes finales necesito fumarme un cigarro de vez en cuando para relajarme, así que me subo arriba o me bajo a la calle.
—¿Y tus amigos?
—A veces les mando un mensaje para que suban y así charlamos también un rato, pero son unos inmaduros.
Llegamos a nuestra planta. Le di las gracias de nuevo por ayudarme y le deseé suerte con los exámenes.
Al día siguiente subí con mi barreño vacío a por la ropa seca. Cuando empecé a recogerla entró él también. Seguramente fue casualidad, pero preferí pensar que había estado mirando por la mirilla hasta verme salir y cuando vio que el ascensor ya había llegado arriba lo llamó para subir detrás. Le sonreí y le pregunté si me ayudaba. Cada uno empezamos por un lado de la cuerda a ir descolgando la ropa. Dejé el barreño en el medio y cada poco nos acercábamos a dejar las prendas en él.
—¿Sabes? —me dijo cuando nos acercamos a la vez al barreño—. Tú fuiste mi primer crush.
—¿Qué es eso?
—Bueno, en plan, no sé. —Dudó un momento—. Como un amor platónico.
Le miré con una sonrisa y vi que enrojecía un poco.
—Bueno, era un crío, claro.
—O sea, el año pasado —bromeé.
—No. —Se rio—. Algo más. Desde los doce años o así. No sé, eras tan amable siempre y simpática. Me preguntabas por el cole y por mis cosas. Me gustaba mucho tu sonrisa.
¿Seguro que solo la sonrisa?, pensé.
—¿Y ya no te gusta? —le dije mostrando burlonamente mi mejor sonrisa, y se puso aún más colorado.
—Sí, claro. —Y se alejó para seguir recogiendo ropa.
Al final nos encontramos los dos yendo a recoger la última prenda que había y nuestras manos se tocaron sobre uno de mis tangas, que tenía la cintura de encaje. Yo solté la pinza y él se lo quedó entre las manos y lo miró un instante.
—¿Te gusta? —le dije con la intención de divertirme poniéndole aún más nervioso de lo que ya lo notaba.
—Son muy bonitas.
—Y me queda muy bien —le dije cogiéndoselo de las manos y echándolo en el barreño—. ¿Me invitas a un cigarro?
—¿Tú fumas? —me preguntó extrañado mientras me ofrecía un cigarro.
—No. Solo en ocasiones especiales o para celebrar un trabajo bien hecho —dije haciendo un gesto con la mano para mostrar la cuerda ya completamente vacía.
Nos apoyamos en el muro y nos asomamos a la calle. Desde esa altura la gente parecía insignificante.
—Ahora entiendo la cara que ponías cuando te acariciaba el pelo.
Me miró y aproveché para revolverle el pelo un poco como le hacía cuando era niño.
—Sí, esa misma cara. —Me reí.
Fue a decir algo, pero en vez de eso dio nervioso una calada al cigarro.
—Muchas gracias por contármelo. Me ha levantado mucho la moral.
Terminamos el cigarro y bajamos de nuevo en el ascensor. Se empeñó en cargar el barreño y lo llevó hasta mi puerta.
Había mirado ya algunas secadoras nuevas, pero le dije a mi marido que podíamos esperar a que pasara el verano, que de todas formas la ropa quedaba mejor tendida al aire; encogía menos.
—Como quieras —me dijo sin dejar de mirar el móvil—, eso son cosas tuyas.
Unos días después puse una lavadora y estuve pendiente de oír su puerta. Cuando la oí me asomé y vi que cogía el ascensor. Como no llevaba nada en las manos, más que él móvil y el tabaco, supe que subía a fumar, así que saqué la ropa rápidamente de la lavadora y subí también. Lo encontré encendiendo el cigarrillo sentado apoyado en la pared. Me saludó y noté que se alegraba de verme. Hizo ademán de dejar el cigarro y levantase.
—No, tranquilo. Termina el cigarro.
Coloqué el barreño justo frente a él y comencé a coger la ropa para tenderla. Intencionadamente me inclinaba para rebuscar en el fondo y sabía que al hacerlo él podía verme medio culo. Llevaba el tanga blanco de encaje y me excitaba saber que él me miraba. Normalmente iría arrastrando el cubo con el pie para ir avanzando por la cuerda, pero volvía una y otra vez hasta el barreño para coger un par de prendas y mostrarle nuevamente mis nalgas. Sentía una excitación que hacía tiempo que no había experimentado, como la primera vez que dejé que un chico me metiera mano.
Lo miré y allí seguía sentado, a pesar de que ya había terminado el cigarro.
—Bueno, ¿qué? —le dije—, ¿hoy no me ayudas?
Se levantó de un salto y vino hacia mí. Cuando estuvo a mi lado y se inclinó para coger ropa le dije:
—Es más bonito puesto, ¿verdad?
—¿El qué? —Me miró sin entender.
—El tanga que te gustó el otro día. Ya te dije que puesto era mucho más bonito, ¿no?
Se quedó parado sin saber qué decir y, cogiéndole del brazo, lo aparté delicadamente para hacerme hueco frente al barreño e inclinarme a seguir recogiendo ropa. Al hacerlo, nuevamente le ofrecí mi culo, aunque ahora, de pie a mi lado, solo podía ver desnudas mis piernas. Pero para mi sorpresa sentí su mano introducirse bajo la bata hasta alcanzar suavemente una nalga. Ahora era yo la que me había quedado paralizada y sin palabras. No pensé que se atreviera a tanto, solo me apetecía coquetear un poco con él poniéndolo nervioso para revivir esa sensación de coqueteo y seducción que echaba de menos. Sin embargo, me gustó sentir su mano caliente acariciándome. Hundí mis manos entre la ropa mojada y le dejé hacer. Introdujo también la otra mano y levantó la bata de forma que mi culo quedó completamente descubierto ante sus ojos. Sin dejar de recorrerlo con ambas manos, sentí también la caricia de sus ojos.
Me sujetó de las caderas para evitar que cayera al apretarse contra mí. Noté a través del chándal su erección entre mis nalgas. Me incorporé y entonces me besó en el cuello y sus manos buscaron mis pechos. En su intento de encontrarlos bajo la bata se rompió al menos un botón, pero consiguió que mis senos desnudos descansaran en sus palmas. Giré la cabeza y metí la lengua entre sus labios. Eché las manos hacia atrás y le agarré las nalgas. Tenía un culo pequeño y duro. Subí buscando la cintura del pantalón y se los bajé a la vez que el calzoncillo. Al hacerlo se liberó su pene que rebotó sobre mis nalgas. La bata volvía a cubrirlas, pero él la levantó de nuevo. Sentí su miembro caliente buscando una entrada, pero aún llevaba el tanga puesto. Di una patada al barreño y comencé a andar hacia la pared mientras él me seguía a pequeños saltos sin dejar que su pene perdiera el contacto con mi culo y sin soltarme los pechos. Cuando llegué a la pared me apoyé en ella con una mano y con la otra me quité el tanga. Me arqueé un poco moviéndome ligeramente a derecha e izquierda para ayudarle a encontrar la entrada más abierta y lo sentí entrar con facilidad. ¡Estaba tan excitada!
Comenzó a moverse suavemente dentro de mí, como si quisiera que aquel momento durara eternamente o quisiera controlarse para evitar eyacular demasiado pronto. Yo, en cambio, no podía más y me agité más rápido para sentirlo entrar y salir al ritmo que yo necesitaba. Cuando noté que estaba a punto de eyacular aceleré aún más y lo sentí acabar en silencio un poco antes de que yo alcanzara un orgasmo tan intenso que hacía tiempo que no recordaba. Se quedó abrazado a mí. Parecía que no quería que aquello acabara, pues no había sacado su miembro de mi interior, a pesar de que ya empezaba a perder su dureza. Siguió acariciándome los pechos mientras yo miraba a la gente en la calle, tan pequeños e insignificantes.
Le di un azote en el culo y le dije:
—¿Terminamos de recoger?
Se separó y se subió los pantalones mientras yo me abrochaba los botones de la bata que no habían saltado y me metía el tanga en el bolsillo.
Terminamos de tender en silencio y cuando cogí el barreño vacío, le dije:
—Con el calor que hace, calculo que podremos recoger la ropa mañana a eso de las diez. ¿Te viene bien?
