Ok, boomer
Muchas noches, después de cenar, los amigos de la urbanización bajamos al patio a charlar un rato. Nos sentamos en las escaleras que bajan hacia la entrada del garaje y ahí pasamos el rato, a veces bebiendo cerveza del chino y comiendo pipas, a veces escuchando música. Los vecinos se han quejado de que nuestras voces y risas no les dejan dormir y más de una vez han amenazado con llamar a la policía. Nos da igual. Pero esa noche, el vecino del primero, que tiene la cocina justo enfrente de las escaleras, bajó en bata a echarnos la peta. No era ni la una.
—Sois unos sinvergüenzas. No respetáis nada y además dejáis esto hecho un asco. A vuestra puta casa de una vez o llamo a la policía.
—Ok, boomer —le dijo Fidel y todos nos descojonamos de la risa.
El caso es que el tío se puso frenético y al final nos entró bajona y poco a poco todos se fueron subiendo a casa, menos Susana y yo, que nos quedamos un rato más. Estaba contándome su última movida y hablábamos bajito para que el tío pesado no volviera a bajar y nos jodiera el rollo a nosotras también.
Yo estaba medio de espaldas a la ventana de la cocina del tío, pero Susana, que estaba frente a mí, se me acercó al oído y me dijo:
—No te vuelvas. El tío se cree que no le veo, pero está escondido detrás del visillo de la ventana, con la luz apagada. Seguro que se la está cascando mirándonos a las dos el muy guarro.
Yo me reí y le dije también al oído:
—¿Le troleamos un poco a ver si le da un infarto? ¿Le montamos un numerito?
La verdad es que lo dije sin pensar demasiado, un poco por las risas de contarlo después, pero no pensaba más que tontear un poco fingiendo que nos liábamos, pero ella se rio, se acercó lentamente y me dio un beso en los labios. Nada más que un piquito, pero despacio, para que nuestros labios estuvieran pegados un rato y él pudiera verlo. Me entró de nuevo la risa.
—¿Sigue ahí? —le pregunté acercándome de nuevo a su oído.
—Sí, debe estar ya superempalmado. —Y al decir eso comenzó a besarme en el cuello.
Me reí de nuevo porque me hacía cosquillas, pero el cuello es una de mis zonas sensibles y cuando me lo tocan, y sobre todo si me lo besan, caigo en una especie de relajación, como si fuera un muñeco de trapo. Susana no paraba y yo apoyé las manos en su cintura para sujetarme. Llevaba un top corto así que mis manos sintieron el calor de su piel caliente y eso me excitó todavía más. Yo no soy lesbiana, ni mucho menos, y Susana es mi mejor amiga, pero sus labios en mi cuello y el calor de su cintura hicieron que me pusiera un poco caliente. Creo que ella notó que temblaba un poco de gusto y pensé que pararía al darse cuenta de mi excitación y que incluso se enfadaría. Joder tía, que era una broma para este tío, ¿qué pasa, que eres bollera? Pero no fue así. Susana continuó besándome en el cuello y comenzó a deslizar sus labios hacia mi escote. Yo llevaba una camiseta de tubo con volantes que me caían sobre el pecho, así podía ir sin sujetador sin que mi madre me echara la peta por ir marcando pezones. Susana me besaba por encima del top y me agarró las dos tetas con las manos. A ella siempre le han flipado mis tetas porque las tengo grandes y ella las tiene más bien pequeñas. Me las ha visto muchas veces y siempre me dice: ¡Qué tetas tienes, cabrona! Me las agarraba ahora con fuerza y de repente dejó de besarme y se echó a reír. Yo me reí también. Soltó mis tetas y nos reímos a gusto, haciéndonos gestos la una a la otra pidiéndonos parar para no hacer ruido. Había sido divertido y seguro que al tío le habíamos puesto a mil. Pero el caso es que la que también estaba a mil era yo. Me había gustado sentir los labios de Susana en mi cuello y sus manos en mis tetas. Ella seguía riéndose y, como para callarla y que no hiciera ruido, le di un beso en los labios.
—Ahora me toca a mí —le dije después al oído y le mordí el lóbulo suavemente. La sentí temblar como si le diera un escalofrío y, aunque continuaba riéndose bajito, noté que su piel se excitaba cuando bajé a besarle el cuello. Mis manos seguían en su cintura. Las subí un poco más por debajo de la blusa. Susana casi nunca lleva sujetador porque tiene pocas tetas y no lo necesita. Sentí la cercanía de la curva de su pecho sobre mis manos. La notaba cimbrearse mientras mi boca mordía su cuello con los labios. Parece que para ella también el cuello es un punto muy sensible.
Yo debía de tener la cabeza tan concentrada en mi boca que mis manos parecieron independizarse y tomar vida propia, porque mis pulgares se levantaron y poco a poco buscaron a la vez los dos pezones de Susana. Los encontraron y comenzaron a jugar girando sobre ellos una y otra vez. Estaban duros y sentí la excitación de Susana en el movimiento de su cuerpo.
De repente me entró un golpe de miedo. ¿Y si el tío lo estaba grabando? No, no podía ser. Era un boomer, fijo que no sabía ni manejar el móvil. Lo que sí era seguro es que se la debía de estar cascando a gusto. Si lo que queríamos era reírnos de él, más bien le estábamos haciendo un puto regalo, pero yo ya no podía pensar en eso. Me sentía poderosa al notar cómo Susana se iba excitando con mis manos y mi boca y me atreví un poco más. No pensé ya en si esto iba a romper nuestra amistad, si al hacerlo iba a resultar difícil justificar después que todo seguía siendo una broma para reírnos del vecino, pero el caso es que levanté su top dejando desnudos sus pechos y, empujándola un poco para dejarme espacio, bajé la cabeza y mordisqueé sus pezones.
A ver. No tenía importancia. Muchas chicas de nuestra edad habían tenido experiencias lésbicas. ¿Por qué no? Si todo había empezado como una broma, después había continuado como una experiencia. No era nada de lo que avergonzarse. Lo podíamos hasta contar. Susana y yo nos hemos liado. Ha sido una experiencia de puta madre. Teresa también se había liado con una prima suya en el pueblo y nos lo había contado. Entre los tíos es otra historia, pero nosotras que estamos todo el día sobándonos y dándonos besos no tiene nada de especial.
No sé si pensaba todo eso mientras estaba allí o solo lo pensé después en la cama cuando llegué a casa. No lo sé. Sus pechos tenían un sabor a playa y me gustaba. Pero Susana ya no se reía. Noté que sus manos se habían agarrado a mis piernas con fuerza. Su risa se había convertido en unas aspiraciones cortas, como si temiera quedarse sin aire y quisiera coger rápidamente el poco que hubiera. Pero a la que le faltaba el aíre era a mí. Me separé de sus pechos y levanté la vista. Susana estaba con la boca abierta y los ojos entrecerrados. Me cogió la cabeza, me levantó hasta su altura y me dio un beso en la boca, pero esta vez con lengua.
—Joder, tía. Me has puesto a mil. ¡Qué lengua tienes! —Y se rio.
—Yo también. Mira cómo tengo el corazón. —Y cogiéndole la mano me la lleve al pecho para que sintiera mis pulsaciones aceleradas. No lo hice con mala intención, fue un gesto natural que he repetido muchas veces antes con Susana y otras amigas, pero claro, tal y como estábamos de calientes, su mano en mi pecho la sentí de otra forma, y ella también, porque me bajó el top y dejó libres mis pechos.
—¡Qué tetas tienes, cabrona! —me dijo mientras acercaba su boca.
A ver, me han comido las tetas muchas veces, y chicos distintos, pero no sé si por lo caliente que estaba, por el morbo de la situación, o porque la boca de Susana parecía hecha para mis pezones, el caso es que nunca lo había disfrutado como esa vez. Me mordía suavemente con los dientes y pasaba la lengua por mis pezones una y otra vez haciéndolos crecer como si se estiraran para tener más superficie para sentir esa lengua. ¡Qué lengua! Yo eché la cabeza hacia atrás apoyando las palmas de las manos en el suelo detrás de mí. Veía las estrellas literal y metafóricamente a la vez.
En ese momento sonó un estrépito de caída de cacharros. Susana se separó rápidamente y yo me subí el top instintivamente. Miramos hacia la ventana de la cocina del vecino y vimos una sombra moverse rápidamente. En la excitación debía de haber hecho algún movimiento brusco y tirado algo sin querer. Se encendieron otras luces en su casa y oímos una voz de mujer.
—Pero ¿qué ha pasado? Julián, ¿qué haces levantado a estas horas?
—Tenía sed, pero por no encender la luz me he tropezado y he tirado el frutero.
Susana y yo nos empezamos a reír y nos levantamos para irnos de allí antes de que la mujer se asomara y nos viera. Nos fuimos riendo en sordina por el patio hasta la otra esquina de la urbanización, donde está mi portal. Iba a despedirme de Susana y subirme a casa cuando me cogió de la mano y me llevó hacia dentro del patio, saltando el seto de arbustos, bajo un árbol. Me apoyó sobre el tronco y me comenzó a besar en la boca a la vez que sus manos se metieron bajo mi falda buscando mi culo. Lo apretó con las dos manos y al hacerlo sentí mi vagina abrirse aún más. Tenía las bragas húmedas y no solo del sudor de haber estado sentada. Susana sacó su mano izquierda de mi culo y la metió bajo la falda buscando mis labios abiertos, echando a un lado la tela de mis bragas. Su dedo se colocó entre ellos y comenzó a moverse frotándome el clítoris suavemente. Yo la imité y a través de las mallas que llevaba encontré también sus labios abiertos y noté que la humedad había atravesado la fina tela. Comencé a frotarla también y con la otra mano le sujetaba con fuerza el culo. Estuvimos un buen rato besándonos en la boca, con las lenguas entrelazadas, lamiéndonos por dentro y masturbando la una a la otra. Tal y como estábamos de calientes no tardamos en corrernos las dos a la vez.
—¡Qué pena que no haya piscina en la urba! —dijo Susana—. Ahora mismo estaría de puta madre darse un baño.
