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Culo pasajero

En un atestado vagón de tren muchos hombres tocando a una única mujerLo peor no es madrugar, lo peor de los lunes es el tren tan lleno que apenas se puede respirar. Por eso me sorprendió tanto cuando la vi. ¿Cómo podía ocurrírsele subirse al tren en hora punta con ese culo? Apenas vislumbré su cara de refilón al pasar y no me pareció precisamente muy agraciada, pero en cambio su culo era espectacular, redondo y con ambos cachetes bien marcados, dos perfectas medias esferas que se abrazaban para adentrarse juntas en las profundidades entre ambas nalgas. Las ceñidas mallas dibujaban con tanta claridad la forma de su culo que, si no fuera por el horrible estampado, pareciera que fuera desnuda. Su volumen y relieve excepcional llamaban claramente la atención.

Subirse al tren en la peor hora con un culo así era bastante temerario. Toda una osadía porque era una invitación a todos los guarros que aprovechan las apreturas del transporte público para restregarse contra las chicas.

Y, efectivamente, no tardó en colocarse tras ella un tipejo desagradable, que estaba justo a mi lado y que, en cuanto ella entró, se desplazó simulando que se preparaba para salir en la próxima estación, pero que lo que hizo fue colocarse estratégicamente tras ella. Sin duda, aunque el tipo parecía dormido, su pene ya se había despertado nada más ver pasar ese culo y, cuando consiguió posicionarse tras ella, seguramente estaba ya completamente empalmado. La chica no pareció notarlo. Pensaría que se trataba de los apretones normales en esas circunstancias y que sin duda sentía en otras partes del cuerpo, dado el hacinamiento, o quizá sencillamente el tipo la tenía pequeña. El caso es que estuvo un buen rato restregándose contra ella aprovechando el bamboleo del vagón. Era algo tan desagradable y descarado que pensé en hacer algo para impedirlo, pero vi que ya alguien lo hacía; otro hombre se acercó y desplazó con sutiles empujones al guarro, pero, para mi sorpresa, no fue porque quisiera evitar ese abuso, sino ¡para ocupar su lugar! Consiguió mover al primer cerdo, pero solo para colocarse él y repetir la misma operación. ¡Qué desagradable!

Levanté la vista y me di cuenta de que no era el único que observaba aquella escena tan odiosa. Muchos viajeros tenían los ojos puestos en aquel culo. Menos mal. Seguro que alguien le diría algo a la chica o haría algún movimiento para descolocar a aquel miserable y liberar a aquella pobre chica de esa situación. Sin embargo, no pude evitar pensar que era muy extraño que la chica no cambiara de posición. Otras veces, desgraciadamente, había asistido a situaciones similares y, en cuanto la chica se percataba de que el contacto no era accidental, se echaba hacia adelante o se giraba para ponerse de lado y ofrecer su perfil en vez de su retaguardia o directamente se abría paso entre la gente como si quisiera salir, simplemente para alejarse del agresor. Y, aunque no era lo más frecuente, a veces también la chica se enfrentaba directamente al sinvergüenza afeándole su comportamiento.

Pero esta chica parecía no darse cuenta. O quizá es que le gustaba. ¿No sería que se subía al tren precisamente en hora punta, y con ese culo, buscando que se le restregaran porque por alguna razón encontraba placer o morbo o qué sé yo en que un montón de viejos desconocidos y medio dormidos le restregaran el paquete entre las nalgas?

Mientras pensaba todo esto sin dejar de observar aquel culo, el cambio de actores había vuelto a producirse; otro viajero había ido poco a poco desplazando al que ocupaba la posición tras la chica para situarse en su lugar. Era el tercer hombre que lo hacía. Sin duda había ya otros esperando su turno. Subí la mirada y en los ojos de varios hombres noté que no me equivocaba Se habían dado cuenta no solo de que era un culo espectacular, sino que además era una víctima fácil, pues o bien no lo notaba o no le importaba, pero por la razón que fuera no hacía nada por evitar la situación.

Me incomodaba bastante el espectáculo que estaba presenciando a la vez que no podía dejar de mirar; aquellos tipos aprovechándose así del culo de esa pobre chica. Entramos en una nueva estación y en el movimiento de nuevos viajeros que entraban y los que intentaban salir, volvió a producirse un relevo tras la chica. Había perdido ya la cuenta de cuántos habían sido. ¿Seis?, ¿siete?

Pero el último consiguió rebasar mi indignación. No solo se restregó un buen rato, sino que, no contento con eso, se separó un poco para colocar con total desparpajo e impunidad las dos palmas de sus manos directamente sobre las nalgas de la chica, como si quisiera sopesar su peso y volumen. ¡Era tan descarado que alguien pudiera plantar sus manos directamente en el culo de una chica en un vagón lleno de gente sin que nadie dijera ni hiciera nada! No pude evitar intervenir y en un impulso me abrí paso hasta él y de un empujón, algo violento, la verdad, conseguí apartarlo de la chica y desplazarlo. Pero, claro, al hacerlo no me quedó más remedio que ocupar su lugar.

No me había dado cuenta, pero, desde que todo comenzó, había empezado a experimentar una erección y ahora, al colocarme tras la chica y sentir su culo, fui consciente de que estaba totalmente empalmado. Sin que pudiera evitarlo, mi pene se acomodó directamente entre sus nalgas. ¿Cómo era posible que ella no se diera cuenta? No podía evitar excitarme aún más cuando con el movimiento del tren mi pene se agitaba entre ese culo redondo y generoso. ¡Estaba siendo uno más de esos cerdos! No pensé entonces en ello pues, por una parte, me intentaba concentrar en el placer que estaba sintiendo y, por otra, me autoconvencía de que no hacía nada malo, pues sin duda la chica era consciente de lo que estaba pasando y le gustaba. No había otra explicación. Pero fugazmente por mi cabeza pasaba también la idea de si mi indignación al presenciar aquel desfile de hombres tras ese culo prodigioso no era realmente envidia de ver que ellos disfrutaban de él y no yo. ¿Había apartado a ese último tipo movido por la indignación para evitar el abuso o inconscientemente en realidad lo que quería era ocupar su sitio, como de hecho estaba haciendo en ese momento en el que a punto estaba de correrme?

Por suerte no llegué a hacerlo porque paramos en Atocha y el movimiento de viajeros fue tan grande que no pude impedir que me desplazaran hacia la puerta y caí entonces en la cuenta de que era ya mi estación y me bajé del vagón.

Todavía ligeramente conmocionado por lo que había sucedido y mi propio estado de excitación me dejé arrastrar por la masa hasta las escaleras y me dirigí hacia la salida todavía confuso. Cuando llegué al torno y busqué mi cartera para sacar el billete y activarlo, no la encontré. Rebusqué por todos los bolsillos hasta convencerme de que me la habían robado. Y mira que siempre estaba muy pendiente de la cartera, especialmente cuando hay estas aglomeraciones, pero…

* * *

La muchacha se encaminó hacia un rincón bajo el hueco de las escaleras por donde no pasaba nadie. Unos segundos después se le acercó un hombre. La chica le preguntó con voz ronca, áspera y apremiante.

—¿Cuántas has pillado?

—Nueve.

—No está mal.

—Es que con ese culo no falla, ni se dan cuenta, tan concentrados como están —rio—. Venga, Manolo, date prisa, vamos al andén 7, que es el que ahora va más lleno.

—No, espera, dejamos pasar un tren, que tengo que ir al baño, que con tanto meneo se me ha ido descolocando el culo postizo y la correa se ha debido mover, porque me está haciendo un daño en los huevos…

—Vale, pero date prisa. Y aprovecha para arreglarte un poco, sobre todo la peluca, que como alguien se ponga en plan romántico y quiera mirarte a los ojos se va a dar cuenta enseguida de lo feo que eres, cabrón.

Relato incluido en el libro Re-culos.

Reculos. Relatos en torno al culo

Relatos en torno al culo

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100 páginas | 8 relatos

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